Cuentan que Diógenes caminaba por Atenas con un candil pegado a su rostro y que, al ser preguntado por la cuestión, aseguraba que buscaba un hombre honrado.
Alberto Núñez Feijóo, como Diógenes, no busca, pero necesita, un hombre o una mujer honrada que lo saque del shock en el que entró la noche electoral del pasado 23 de julio.
Pasea Feijóo con su candil por platós de televisión, eventos y actos de su partido sin que nadie se atreva a decirle la verdad. Recorre los pasillos de la sede de la calle Génova y las sonrisas forzadas sustituyen a los golpes en la espalda que recibía hasta que se abrieron las urnas el pasado verano. Algunos incluso evitan al líder, para no tener una conversación comprometida. Y es que Feijóo a todos les cuenta su historia: él ganó las elecciones y no entiende por qué no está en La Moncloa.
El hombre y su candil se sientan a tomar café de buena mañana en las televisiones y radios amigas, y cuenta a su entrevistador o entrevistadora, como si de una noticia de última hora se tratase, que él fue el más votado. Qué cómo puede ser esto de no ser presidente si tiene más votos. La deserción es total para aclarar al que fue candidato como la Constitución Española recoge quién debe ser el presidente del Gobierno. “Claro, claro”, “en efecto, en efecto” o un “¡sí señor!” de los más serviles es lo que recibe Feijóo de vuelta cuando cuenta sus penas. Ni un ápice de sinceridad con el derrotado.
Va siendo hora de que aparezca esa mujer u hombre honrado en el PP que lleve a Feijóo a la cafetería de enfrente y, con dos vasos de chocolate y unos churros, le cuente lo que ha ocurrido desde aquel fin de semana de julio en el que se jodió el Perú para el PP y toda su corte de terminales en todos y cada uno de los estamentos de la sociedad española. Tendrá que hacerlo con suavidad. Hay dolor todavía.
Se permitía Feijóo hablar el otro día de patologías psicológicas en prime time mañanero, usando la salud mental como algo que puede arrojarse al adversario político sin más medida que la ocurrencia diaria a la que ya nos tiene acostumbrados el que fuera llamado “el moderado”. Sus salidas de tono y errores no forzados dibujan un liderazgo precario, que muchos en el PP comentan sin elevar la voz, pero asumen como algo que habrá que afrontar más pronto que tarde. Feijóo cayó derrotado, sigue en la lona, y todos en su partido lo saben… menos él.



